Ambiciones peligrosas: cuidado con lo que deseas

Ambiciones peligrosas: cuidado con lo que deseas

Ambiciones peligrosas: cuidado con lo que deseas

Es común en todas las personas querer o inclusive envidiar algo, o en algunos casos a alguien. Sin embargo, muchas veces resultan ser ambiciones peligrosas. Ya que algo que podemos desear y que a nuestros ojos es algo simple e insignificante, puede ocasionarnos graves consecuencias. Tal como le ocurrió a Paris con la bella Helena, de quien ya hemos hablado  anteriormente en éste artículo.

Y si bien es cierto que no todas las cosas que queramos alcanzar nos van a traer una guerra como castigo. No es menos cierto que podríamos llegar a pasarla mal si nos obsesionamos en alcanzar algo que en el fondo sabemos que es un imposible, o que no nos conviene.

Son muchas las anécdotas que podemos conocer gracias a personas con las que coincides en el transporte público. O con aquellas que cuentan sus experiencias en las redes sociales, relatando casos de experiencias propias o de conocidos que se obsesionan con tener algún objeto que más por necesidad, se vuelve una vanidad.

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Ambiciones peligrosas: Una promesa rota

Anteriormente ya les hemos hablado sobre el valor que tiene desde la antigüedad el cumplimiento cabal de una promesa (si aún no has leído éste artículo, te invitamos a que lo hagas). Pero créannos que es mucho más apremiante hacerlo, cuando hay un Dios de por medio.

Cuenta la leyenda, que Minos le suplicó al Dios Poseidón que lo ayudara para que su gente lo aclamara como Rey de Creta. A cambio, el le ofrecería al Dios de los Mares un suntuoso sacrificio en su honor. Poseidón accedió, e hizo salir del mar un maravilloso toro de color blanco, el cual debía ser sacrificado a el. Sin embargo, Minos quedó maravillado al ver a aquella criatura tan majestuosa, y es aquí donde empezaron a surgir las ambiciones peligrosas que llevarían a este rey a sufrir la ira de un dios. Así que lo hizo mezclar con el resto de sus rebaños, y le ofreció al Poseidón otro toro, creyendo que éste no se daría cuenta del engaño.

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Zde, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

La venganza de Poseidón

Como deben suponer, entre cielo y tierra no hay nada oculto, y mucho menos para un Dios. Como castigo, Poseidón provocó en Pasífae, la esposa de Minos, un deseo lujurioso hacia el toro blanco que Minos se había empeñado en ocultar, el cual no pudo contener por mucho tiempo.

Pasífae buscó a Dédalo, un famoso arquitecto y artesano ateniense que llevaba algún tiempo al servicio de Minos, y le pidió su ayuda. Este decidió entonces fabricarle una especie de vaca de madera cubierta con cuero de vaca, la cual tenía un compartimiento que se abría en la parte trasera para que la Reina consiguiera su cometido con el animal. Habiendo colocado a la falsa vaca con Pasífae en su interior cerca del toro, éste no tardó en acercarse y “montarla”.

Habiendo “satisfecho” el deseo que sin saberlo, le había provocado Poseidón, Pasífae quedó en estado. Producto de ésta unión carnal con el Toro de Creta, nació el ser que posteriormente sería conocido como “Minotauro”, un ser mitad humano y mitad toro.

Un Laberinto como ningún otro

Al darse cuenta del castigo tan abominable al cual había sido sometido por parte de Poseidón, el Rey Minos consultó al Oráculo para saber como podría hacer para ocultar su vergüenza y que nadie supiera lo que había pasado. La respuesta que recibió, fue que debía mandar al mismo Dédalo a que construyera un gran laberinto, en el cual encerraría al Minotauro.

De ésta manera, Dédalo inició la construcción de ésta obra con la ayuda de su hijo Ícaro.

Hay distintas versiones que difieren sobre lo que pasó luego de haber acabado la obra y encerrado al Minotauro. Sin embargo, algunas apuntan a que el Rey Minos culpaba a Dédalo de haber ayudado al Héroe Teseo para que pudiera escapar del Laberinto. Y como castigo el Rey lo encerró a el y a su hijo en el mismo laberinto que habían construido.

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Toni Pecoraro, CC0, via Wikimedia Commons

Se cuenta que para escapar, Dédalo construyó para el y su hijo una especie de alas mecánicas, usando los recursos de los que disponía a su alrededor, como madera, hilo, cera, y las plumas que dejaban caer las aves que volaban sobre el laberinto. Habiendo terminado éstas creaciones, Dédalo y su hijo empezaron a alzarse sobre los suelos, y pronto pudieron escapar sobrevolando el laberinto.

Mientras escapaban, Ícaro quedó maravillado con la vista de la que disfrutaba, y con la proeza de volar que gracias a su padre estaba disfrutando. Sin embargo, el quería más, y mirando al Sol quiso volar cada vez más alto y alcanzarlo.

Por desgracia, su ambición no le trajo nada bueno. Ya que al volar cada vez más alto, el Sol empezó a derretir la cera que mantenía unida las alas, las cuales se desprendieron, causando que Ícaro acabara precipitándose directamente hacia su muerte.

No volar cerca del Sol

La leyenda de Ícaro deja un mensaje bastante claro, y muy importante de recordar, y es que por más necesario que sea fijarnos metas en la vida para superarlas y ser cada vez mejores, debemos saber que hay límites que no podemos rebasar. Y hay cosas y personas que por más que las deseemos no son buenas para nosotros, y pueden causarnos terribles desgracias por pretender ir volando ciegamente, tratando de alcanzar al Sol.

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